La memoria es más bien una facultad que debe
repelar el pasado en vez de convocarlo, no lo digo yo, lo
dijo Deleuze que tiene, a pesar de estar muerto, una autoridad suficientemente consagrada
para que le tomemos en serio. Yo, que no soy nadie, o casi nadie –pues es
difícil no ser nadie- transformo esta frase y digo que la única función de la
memoria es dar la capacidad de transformar el futuro a quien la convoca.
Pasan los
días, no podía ser de otro modo, y estas vacaciones rotas están llegando a su
fin. Todo lo que fue pensado, soñado, planeado, cayó en saco roto. Un accidente
y una madre en un hospital. Todo lo que se ha venido narrado hasta
ahora. Nada importante. Maldecir la suerte y seguir para delante, sin pararse. Sin
mirar para atrás. Sin buscarle una explicación. Asumir lo sucedido y seguir.
Seguir, paso a paso las líneas torcidas de las estrellas. Las que nunca nos llevan a
donde queremos ir, que siempre nos entregan, de manera irrenunciable, al
devenir.
En su la inercia, la vida, eso que somos, expectantes, nos enfrenta al
abismo: el vacío de lo difícil, el vacío que encuentran quienes tratan de ser, de vivir, de otro modo. Y la tinta que
penetra en la piel y se hace símbolo con la intención de otorgar un sentido, un
sentido del que siempre carecerá, a eso que somos, a eso que nos sucede.
Mientras lanzo
estas líneas, la mañana avanza, poco a poco se van despertando sus calles.
Desde mi ventana, un barrio cualquiera del extrarradio de Madrid. Sus marías. Sus
parados. Sus chavales haciendo novillos en el parque. Los trabajadores públicos
sacándole el lustre a las calles y los parques. Allí donde todos nos
encontraremos sin mirarnos.